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En la lección anterior hemos encontrado como dato radical del
Universo, por tanto, como realidad primordial, algo completamente nuevo,
distinto del ser cósmico de que partían los antiguos y
distinto del ser subjetivo de que partían los modernos. Pero
oír que hemos hallado una realidad, un ser nuevo, ignorado antes,
no llena del todo, al que me escucha, el significado de estas palabras.
Cree que, a lo sumo, se trata de una cosa nueva, distinta de las ya
conocidas, pero al fin y al cabo “cosa” como las demás —que se
trata de un ser o realidad distinto de los seres y realidades ya notorios,
pero que, a la postre, responde a lo que significan desde siempre las
palabras “realidad” y “ser” —en suma, que de uno u otro tamaño
el descubrimiento es del mismo género que si se descubre en zoología
un nuevo animal, el cual será nuevo, pero no es más ni
menos animal que los ya conocidos; por tanto, que vale para él
el concepto “animal”. Siento mucho tener que decir que se trata de algo
harto más importante y decisivo que todo esto. Hemos hallado
una realidad radical nueva —por tanto, algo radicalmente distinto de
lo conocido en filosofía— , por tanto, algo para la cual los
conceptos de realidad y de ser tradicionales no sirven. Si, no obstante,
los usamos es porque antes de descubrirlo y al descubrirlo no tenemos
otros. Para formarnos un concepto nuevo necesitamos antes tener y ver
algo novísimo. De donde resulta que el hallazgo es, además
de una realidad nueva, la iniciación de una nueva idea del ser,
de una nueva ontología —de una nueva filosofía y, en la
medida en que ésta influye en la vida, de toda una nueva vida—
vita nova.
No es posible que ahora, de pronto, ni el más pintado se dé
clara cuenta de las proyecciones y perspectivas que este hallazgo contiene
y envolverá. Tampoco me urge. No es necesario que hoy se justiprecie
la importancia de lo dicho en la anterior lección —no tengo prisa
alguna porque se me dé la razón. La razón no es
un tren que parte a hora fija. Prisa la tiene sólo el enfermo
y el ambicioso. Lo único que deseo es que si, entre los muchachos
que me escuchan, hay algunos con alma profundamente varonil y, por lo
tanto, muy sensible a aventuras de intelecto, inscriban las palabras
pronunciadas por mí el viernes pasado en su fresca memoria, y,
andando el tiempo, un día de entre los días, generosos,
las recuerden.
Para los antiguos, realidad, ser, significaba “cosa”; para los modernos,
ser significaba “intimidad, subjetividad”; para nosotros, ser significa
“vivir” —por tanto—, intimidad consigo y con las cosas. Confirmamos
que hemos llegado a un nivel espiritual más alto porque si miramos
a nuestros pies, a nuestro punto de partida —el “vivir”— hallamos que
en él están conservadas, integradas una con otra y superadas,
la antigüedad y la modernidad. Estamos a un nivel más alto
—estamos a nuestro nivel—, estamos a la altura de los tiempos. El concepto
de altura de los tiempos no es una frase —es una realidad, según
veremos muy pronto.
Refresquemos, en pocas palabras, la ruta que nos ha conducido hasta
topar con el “vivir” como dato radical, como realidad primordial, indubitable
del Universo. La existencia de las cosas como existencia independiente
de mí es problemática; por consiguiente, abandonamos la
tesis realista de los antiguos. Es, en cambio, indudable que yo pienso
las cosas, que existe mi pensamiento y que, por tanto, la existencia
de las cosas es dependiente de mí, es mi pensarlas; ésta
es la porción firme de la tesis idealista. Por eso la aceptamos;
pero, para aceptarla, queremos entenderla bien y nos preguntamos: ¿En
qué sentido y modo dependen de mí las cosas cuando las
pienso —qué son las cosas, ellas, cuando digo que son sólo
pensamientos míos? El idealismo responde: las cosas dependen
de mí, son pensamientos en el sentido de que son contenidos de
mi conciencia, de mi pensar, estados de mi yo. Esta es la segunda parte
de la tesis idealista y ésta es la que no aceptamos. Y no la
aceptamos porque es un contrasentido; conste, pues, no porque no es
verdad, sino por algo más elemental. Una frase, para no ser verdad,
tiene que tener sentido: de su sentido inteligible decimos que no es
verdad —porque entendemos que 2 y 2 son 5 decimos que no es verdad.
Pero esa segunda parte de la tesis idealista no tiene sentido, es un
contrasentido, como el “cuadrado redondo”. Mientras este teatro sea
este teatro, no puede ser un contenido de mi yo. Mi yo no es extenso
ni es azul y este teatro es extenso y azul. Lo que yo contengo y soy
es sólo mi pensar o ver el teatro, mi pensar o ver mi estrella,
pero no aquél ni ésta. El modo de dependencia entre el
pensar y sus objetos no puede ser, como pretendía el idealismo,
un tenerlos en mí, como ingredientes míos, sino al revés,
mi hallarlos como distintos y fuera de mí, ante mí. Es
falso, pues, que la conciencia sea algo cerrado, un darse cuenta sólo
de sí misma, de lo que tiene en su interior. Al revés,
yo me doy cuenta de que pienso cuando, por ejemplo, me doy cuenta de
que veo o pienso una estrella; y entonces, de lo que me doy cuenta es
de que existen dos cosas distintas, aunque unidas la una a la otra:
yo, que veo la estrella, y la estrella, que es vista por mí.
Ella necesita de mí, pero yo necesito también de ella.
Si el idealismo no más dijese: existe el pensamiento, el sujeto,
el yo, diría algo verdadero aunque incompleto; pero no se contenta
con eso, sino que añade: existe sólo pensamiento, sujeto,
yo. Esto es falso. Si existe sujeto existe inseparablemente objeto,
y viceversa. Si existo yo que pienso, existe el mundo que pienso. Por
tanto: la verdad radical es la coexistencia de mí con el mundo.
Existir es primordialmente coexistir —es ver yo algo que no soy yo,
amar yo a otro ser, sufrir yo de las cosas.
El modo de dependencia en que las cosas están de mí no
es, pues, la dependencia unilateral que el idealismo creyó hallar,
no es sólo que ellas sean mi pensar y sentir, sino también
la dependencia inversa, también yo dependo de ellas, del mundo.
Se trata, pues, de una interdependencia, de una correlación,
en suma, de coexistencia.
¿Por qué el idealismo, que tuvo una intuición tan
enérgica y clara del hecho “pensamiento”, lo concibió
tan mal, lo falsificó? Por la sencilla razón de que aceptó
sin discutirlo el sentido tradicional del concepto ser y existir. Según
este sentido inveteradísimo, ser, existir, quiere decir lo independiente
—por eso, para el pretérito filosófico el único
ser que verdaderamente es es el Ser Absoluto, que representa el superlativo
de la independencia ontológica. Descartes, con más claridad
que nadie antes de él, formula casi clínicamente esta
idea del ser cuando define la sustancia —como ya dije— diciendo que
es un quod nihil aliud indigeat ad existendum. El ser que para
ser no necesita ningún otro —nihil indigeat. El ser substancial
es el ser suficiente —independiente. Al toparse con el hecho evidentísimo
de que la realidad radical e indubitable es yo que pienso y la cosa
en que pienso —por tanto, una dualidad y una correlación—, no
se atreve a concebirla imparcialmente, sino que dice: puesto que hallo
estas dos cosas unidas, —el sujeto y el objeto, por tanto en dependencia—,
tengo que decidir cuál de las dos es independiente, cuál
no necesita del otro, cuál es el suficiente. Pero nosotros no
hallamos fundamento alguno indubitable a esa suposición de que
ser sólo puede significar “ser suficiente”. Al contrario, resulta
que el único ser indubitable que hallamos es la interdependencia
del yo y las cosas —las cosas son lo que son para mí, y yo soy
el que sufre de las cosas— por tanto, que el ser indubitable es, por
lo pronto, no el suficiente, sino “el ser indigente”. Ser es necesitar
lo uno de lo otro.
La modificación es de exuberante importancia, pero es tan poco
profunda, tan superficial, tan evidente, tan clara, tan sencilla que
casi da vergüenza. ¿Ven ustedes cómo la filosofía
es una crónica voluntad de superficialidad? ¿Un jugar
volviendo las cartas para que las vea nuestro contrario?
El dato radical, decíamos, es una coexistencia de mí con
las cosas. Pero apenas hemos dicho esto nos percatamos de que denominar
“coexistencia” al modo de existir yo con el mundo, a esa realidad primaria,
a la vez unitaria y doble, a ese magnífico hecho de esencial
dualidad, es cometer una incorrección. Porque coexistencia no
significa más que estar una cosa junto a la otra, que ser la
una y la otra. El carácter estático, yacente, del existir
y del ser, de estos dos viejos conceptos, falsifica lo que queremos
expresar. Porque no es el mundo por sí junto a mí y yo
por mi lado aquí, junto a él —sino que el mundo es lo
que está siendo para mí, en dinámico ser frente
y contra mí, y yo soy el que actúo sobre él, el
que lo mira y lo sueña y lo sufre y lo ama o lo detesta. El ser
estático queda declarado cesante —ya veremos cuál es su
subalterno papel— y ha de ser sustituido por un ser actuante. El ser
del mundo ante mí es —diríamos— un funcionar sobre mí,
y, parejamente, el mío sobre él. Pero esto —una realidad
que consiste en que un yo vea un mundo, lo piense, lo toque, lo ame
o deteste, le entusiasme o le acongoje, lo transforme y aguante y sufra,
es lo que desde siempre se llama “vivir”, “mi vida”, “nuestra vida”,
la de cada cual. Retorceremos, pues, el pescuezo a los venerables y
consagrados vocablos existir, coexistir y ser, para, en vez de ellos,
decir: lo primario que hay en el Universo es “mi vivir” y todo lo demás
lo hay, o no lo hay, en mi vida, dentro de ella. Ahora no resulta inconveniente
decir que las cosas, que el Universo , que Dios mismo son contenidos
de mi vida —porque “mi vida” no soy yo solo, yo sujeto, sino que vivir
es también mundo. Hemos superado el subjetivismo de tres siglos
—el yo se ha libertado de su prisión íntima, ya no es
lo único que hay, ya no padece esa soledad que es unicidad, con
la cual tomamos en contacto un día anterior. Nos hemos evadido
de la reclusión hacia dentro en que vivíamos como modernos,
reclusión tenebrosa, sin luz, sin luz de mundo y sin espacios
donde holgar las alas del afán y el apetito. Estamos fuera del
confinado recinto yoísta, cuarto hermético de enfermo,
hecho de espejos que nos devolvían desesperadamente nuestro propio
perfil —estamos fuera, al aire libre, abierto otra vez el pulmón
al oxígeno cósmico, el ala presta al vuelo, el corazón
apuntando a lo amable. El mundo de nuevo es horizonte vital que, como
la línea del mar, encorva en torno nuestro su magnífica
comba de ballesta y hace que nuestro corazón sienta afanes de
flecha, él que ya por sí mismo cruento, es siempre herida
de dolor o de delicia. Salvémonos en el mundo —“salvémonos
en las cosas”. Esta última expresión escribía yo,
como programa de vida, cuando tenía veintidós años
y estudiaba en la Meca del idealismo y me estremecía ya anticipando
oscuramente la vendimia de una futura madurez. E quindi uscimmo a
riveder le stelle.
Pero antes necesitamos averiguar qué es, en su peculiaridad,
ese verdadero y primario ser que es el “vivir”. No nos sirven los conceptos
y categorías de la filosofía tradicional —de ninguna de
ellas. Lo que vemos ahora es nuevo: tenemos, pues, que concebir lo que
vemos con conceptos novicios. Señores, nos cabe la suerte de
estrenar conceptos. Por eso, desde nuestra presente situación,
comprendemos muy bien la delicia que debieron sentir los griegos. Son
los primeros hombres que descubren el pensar científico, la teoría
—esa especialísima e ingeniosa caricia que hace la mente a las
cosas amoldándose a ellas en una idea exacta. No tenían
un pasado científico a su espalda, no habían recibido
conceptos ya hechos, palabras técnicas consagradas. Tenían
delante el ser que habían descubierto y a la mano sólo
el lenguaje usual —“el román paladino en que habla cada cual
con su vecino”— y de pronto, una de las humildes palabras cotidianas
resultaba encajar prodigiosamente en aquella importantísima realidad
que tenían delante. La palabra humilde ascendía, como
por levitación, del plano vulgar de la locuela, de la charla,
y se engreía noblemente en término técnico, se
enorgullecía como un palafrén del peso de soberana idea
que oprimía su espalda. Cuando se descubre un nuevo mundo las
palabras menesterosas corren buenas fortunas. Nosotros, herederos de
un profundo pasado, parecemos condenados a no manejar en ciencia más
que términos hieratizados, solemnes, rígidos, con quienes
de puro respeto hemos perdido toda confianza. ¡Qué placer
debió de ser para aquellos hombres de Grecia asistir al momento
en que sobre el vocablo trivial descendía, como una llama sublime,
el pentecostés de la idea científica! ¡Piensen ustedes
lo duro, rígido, inerte, frío como un metal, que es a
la oreja del niño, la primera vez que la oye, la palabra hipotenusa!
Pues un buen día, allá junto al mar de Grecia, unos musicantes
inteligentes, cosa que no suelen ser los musicantes, unos músicos
geniales llamados pitagóricos, descubrieron que, en el arpa,
el tamaño de la cuerda más larga estaba en una proporción
con el tamaño de la cuerda más corta análoga al
que había entre el sonido de aquélla y el de ésta.
El arpa era un triángulo cerrado por una cuerda, “la más
larga, la más tendida” —hipotenusa, nada más. ¿Quién
no puede hoy sentir en ese horrible vocablo con cara de dómine
aquel nombre tan sencillo y tan dulce, “la más larga”, que recuerda
el título de la valse de Debussy La plus que lente
—“la más que lenta”?
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Pues bien, nos encontramos en similar situación. Buscamos los
conceptos y categorías que digan, que expresen el “vivir” en
su exclusiva peculiaridad, y necesitamos hundir la mano en el vocabulario
trivial y sorprendernos de que, súbitamente, una palabra sin
rango, sin pasado científico, una pobre voz vernacular se incendia
por dentro de la luz de una idea científica y se convierte en
término técnico. Esto es un síntoma más
de que la suerte nos ha favorecido y llegamos primerizos y nuevos a
una costa intacta.
El vocablo “vivir” no hace sino aproximarnos al sencillo abismo, al
abismo sin frases, sin patéticos anuncios que enmascarado se
oculta bajo ella. Es preciso que con algún valor pongamos el
pie en él aunque sepamos que nos espera una grave inmersión
en profundidades pavorosas. Hay abismos benéficos que de puro
ser insondables nos devuelven al sobrehaz de la existencia restaurados,
robustecidos, iluminados. Hay hechos fundamentales con los que conviene
de cuando en cuando enfrontarse y tomar contacto, precisamente porque
son abismáticos, precisamente porque en ellos nos perdemos. Jesús
lo decía divinamente: “Sólo el que se pierde se encontrará”.
Ahora, si ustedes me acompañan con un esfuerzo de atención,
vamos a perdernos un rato. Vamos a sumergirnos, buzos de nuestra propia
existencia, para tornar luego a la superficie, como el pescador de Coromandel
que vuelve del fondo del mar con la perla entre los dientes, por lo
tanto, sonriendo.
¿Qué es nuestra vida, mi vida? Sería inocente y
una incongruencia responder a esta pregunta con definiciones de la biología
y hablar de células, de funciones somáticas, de digestión,
de sistema nervioso, etc. Todas estas cosas son realidades hipotéticas
construidas con buen fundamento, pero construidas por la ciencia biológica,
la cual es una actividad de mi vida cuando la estudio o me dedico a
sus investigaciones. Mi vida no es lo que pasa en mis células
como no lo es lo que pasa en mis astros, en esos puntitos de oro que
veo en mi mundo nocturno. Mi cuerpo mismo no es más que un detalle
del mundo que encuentro en mí —detalle que, por muchos motivos,
me es de excepcional importancia, pero que no le quita el carácter
de ser tan sólo un ingrediente entre innumerables que hallo en
el mundo ante mí. Cuanto se me diga, pues, sobre mi organismo
corporal y cuanto se me añada sobre mi organismo psíquico
mediante la psicología se refiere ya a particularidades secundarias
que suponen el hecho de que yo viva y al vivir encuentre, vea, analice,
investigue las cosas-cuerpos y las cosas-almas. Por consiguiente, respuestas
de ese orden no tangentean siquiera la realidad primordial que ahora
intentamos definir.
¿Qué es, pues, vida? No busquen ustedes lejos, no traten
de recordar sabidurías aprendidas. Las verdades fundamentales.
Las que es preciso ir a buscar es que están sólo en un
sitio, que son verdades particulares, localizadas, provinciales, de
rincón, no básicas. Vida es lo que somos y lo que hacemos:
es, pues, de todas las cosas la más próxima a cada cual.
Pongamos la mano sobre ella, se dejará apresar como un ave mansa.
Si hace un momento, al dirigirse ustedes aquí, alguien les preguntó
dónde iban, ustedes habrán dicho: vamos a escuchar una
lección de filosofía. Y, en efecto, aquí están
ustedes oyéndome. La cosa no tiene importancia alguna. Sin embargo,
es lo que ahora constituye su vida. Yo lo siento por ustedes, pero la
verdad me obliga a decir que la vida de ustedes, su ahora, consiste
en una cosa de minúscula importancia. Mas si somos sinceros reconoceremos
que la mayor porción de nuestra existencia está hecha
de parejas insignificancias: vamos, venimos, hacemos esto o lo otro,
pensamos, queremos o no queremos, etc. De cuando en cuando nuestra vida
parece cobrar súbita tensión, como encabritarse, concentrarse
y densificarse: es un gran dolor, un gran afán que nos llama:
nos pasan, decimos, cosas de importancia. Pero noten ustedes que para
nuestra vida esta variedad de acentos, este tener o no tener importancia
es indiferente, puesto que la hora culminante y frenética no
es más vida que la plebe de nuestros minutos habituales.
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