Pero se preguntará: ¿Cuál es ese tesoro que pensamos
dejar a la posteridad con semejante metafísica, depurada por
la crítica, y por ella también reducida a un estado inmutable?
En una ligera vista general de esta obra se creerá percibir que
su utilidad no es más que negativa, la de no atrevernos nunca,
con la razón especulativa, a salir de los límites de la
experiencia; y en realidad, tal es su primera utilidad. Ésta
empero se torna pronto en positiva, por cuanto se advierte que esos
principios, con que la razón especulativa se atreve a salir de
sus límites, tienen por indeclinable consecuencia, en realidad,
no una ampliación, sino, considerándonos más de
cerca, una reducción de nuestro uso de la razón: ya que
ellos realmente amenazan ampliar descomedidamente los límites
de la sensibilidad, a que pertenecen propiamente, y suprimir así
del todo el uso puro (práctico) de la razón. Por eso,
una crítica que limita la sensibilidad, si bien en este sentido
es negativa, sin embargo, en realidad, como elimina de ese modo al mismo
tiempo un obstáculo que limita y hasta amenaza aniquilar el uso
puro práctico, resulta de una utilidad positiva, y muy importante,
tan pronto como se adquiere la convicción de que hay un uso práctico
absolutamente necesario de la razón pura (el moral), en la cual
ésta se amplía inevitablemente más allá
de los límites de la sensibilidad; para ello no necesita, es
cierto, ayuda alguna de la especulativa, pero sin embargo, tiene que
estar asegurada contra su reacción, para no caer en contradicción
consigo misma. Disputar a este servicio de la crítica su utilidad
positiva sería tanto como decir que la policía no tiene
utilidad positiva alguna, pues que su ocupación principal no
es más que poner un freno a las violencias que los ciudadanos
pueden temer unos de otros, para que cada uno vague a sus asuntos en
paz y seguridad. Que espacio y tiempo son sólo formas de la intuición
sensible, y por tanto sólo condiciones de la existencia de las
cosas como fenómenos; que nosotros, además, no tenemos
conceptos del entendimiento y, por tanto, tampoco elementos para el
conocimiento de las cosas, sino en cuanto a esos conceptos puede serles
dada una intuición correspondiente; que consiguientemente nosotros
no podemos tener conocimiento de un objeto como cosa en sí misma,
sino sólo en cuanto la cosa es objeto de la intuición
sensible, es decir, como fenómeno; todo esto queda demostrado
en la parte analítica de la crítica. De donde se sigue,
desde luego, la limitación de todo posible conocimiento especulativo
de la razón a los meros objetos de la experiencia.
Sin embargo, y esto debe notarse bien, queda siempre la reserva de que
esos mismos objetos, como cosas en sí, aunque no podemos conocerlos,
podamos al menos pensarlos. Pues si no, seguiríase la proposición
absurda de que habría fenómeno sin algo que aparece. Ahora
bien, vamos a admitir que no se hubiere hecho la distinción,
que nuestra crítica ha considerado necesaria, entre las cosas
como objetos de la experiencia y esas mismas cosas como cosas en sí.
Entonces el principio de la causalidad y por tanto el mecanismo de una
naturaleza en la determinación de la misma, tendría que
valer para todas las cosas en general como causas eficientes. Por lo
tanto, de uno y el mismo ser, v. gr. del alma humana, no podría
yo decir que su voluntad es libre y que al mismo tiempo, sin embargo,
está sometida a la necesidad natural, es decir, que no es libre,
sin caer en una contradicción manifiesta; porque habría
tomado el alma, en ambas proposiciones, en una y la misma significación,
a saber, como cosa en general (como cosa en sí misma). Y, sin
previa crítica, no podría tampoco hacer de otro modo.
Pero si la crítica no ha errado, enseñando a tomar el
objeto en dos significaciones, a saber, como fenómeno y como
cosa en sí misma; si la deducción de sus conceptos del
entendimiento es exacta y por tanto el principio de la causalidad se
refiere sólo a las cosas tomadas en el primer sentido, es decir,
a objetos de la experiencia, sin que estas cosas en su segunda significación
le estén sometidas; entonces, una y la misma voluntad es pensada,
en el fenómeno (las acciones visibles), como necesariamente conforme
a la ley de la naturaleza y en este sentido como no libre, y sin embargo,
por otra parte, en cuanto pertenece a una cosa en sí misma, como
no sometida a esa ley y por tanto como libre, sin que aquí se
cometa contradicción. Ahora bien, aunque mi alma, considerada
en este último aspecto, no la puedo conocer por razón
especulativa (y menos aún por la observación empírica),
ni por tanto puedo tampoco conocer la libertad, como propiedad de un
ser a quien atribuyo efectos en el mundo sensible, porque tendría
que conocer ese ser como determinado según su existencia, y,
sin embargo, no en el tiempo (cosa imposible, pues no puedo poner intuición
alguna bajo mi concepto), sin embargo, puedo pensar la libertad, es
decir, que la representación de ésta no encierra contradicción
alguna, si son ciertas nuestra distinción crítica de ambos
modos de representación (el sensible y el intelectual) y la limitación
consiguiente de los conceptos puros del entendimiento y por tanto de
los principios que de ellos dimanan.
Ahora bien, supongamos que la moral presupone necesariamente la libertad
(en el sentido más estricto) como propiedad de nuestra voluntad,
porque alega a priori principios que residen originariamente
en nuestra razón, como datos de ésta, y que serían
absolutamente imposibles sin la suposición de la libertad; supongamos
que la razón especulativa haya demostrado, sin embargo, que la
libertad no se puede pensar en modo alguno, entonces necesariamente
aquella presuposición, es decir, la moral, debería ceder
ante ésta, cuyo contrario encierra una contradicción manifiesta
y por consiguiente la libertad y con ella la moralidad (pues su contrario
no encierra contradicción alguna, a no ser que se haya ya presupuesto
la libertad) deberían dejar el sitio al mecanismo natural. Mas
para la moral no necesito más sino que la libertad no se contradiga
a sí misma y que, por tanto, al menos sea pensable, sin necesidad
de penetrarla más, y que no ponga pues obstáculo alguno
al mecanismo natural de una y la misma acción (tomada en otra
relación); resulta, pues, que la teoría de la moralidad
mantiene su puesto y la teoría de la naturaleza el suyo, cosa
que no hubiera podido ocurrir si la crítica no nos hubiera previamente
enseñado nuestra inevitable ignorancia respecto de las cosas
en sí mismas y no hubiera limitado a meros fenómenos lo
que podemos conocer teóricamente. Esta misma explicación
de la utilidad positiva de los principios críticos de la razón
pura, puede hacerse con respecto al concepto de Dios y de la naturaleza
simple de nuestra alma. La omito, sin embargo, en consideración
a la brevedad. Así pues, no puedo siquiera admitir a Dios, la
libertad y la inmortalidad para el uso práctico necesario de
mi razón, como no cercene al mismo tiempo a la razón especulativa
su pretensión de conocimientos trascendentes. Porque ésta
para llegar a tales conocimientos, tiene que servirse de principios
que no alcanzan en realidad más que a objetos de la experiencia
posible, y por tanto, cuando son aplicados, sin embargo, a lo que no
puede ser objeto de la experiencia, lo transforman realmente siempre
en fenómeno y declaran así imposible toda ampliación
práctica de la razón pura. Tuve pues que anular el saber,
para reservar un sitio a la fe; y el dogmatismo de la metafísica,
es decir, el prejuicio de que puede avanzarse en metafísica sin
crítica de la razón pura, es la verdadera fuente de todo
descreimiento opuesto a la moralidad, que siempre es muy dogmático.
Así pues, no siendo difícil, con una metafísica
sistemática, compuesta según la pauta señalada
por la crítica de la razón pura, dejar un legado a la
posteridad, no es éste un presente poco estimable. Basta comparar
lo que es la cultura de la razón mediante la marcha segura de
una ciencia, con el tanteo sin fundamento y el vagabundeo superficial
de la misma sin crítica; o advertir también cuánto
mejor empleará aquí su tiempo una juventud deseosa de
saber, que el dogmatismo corriente, que inspira tan tempranos y poderosos
alientos, ya para sutilizar cómodamente sobre cosas de que no
entiende nada y en las que no puede, como no puede nadie en el mundo,
conocer nada, ya para acabar inventando nuevos pensamientos y opiniones,
sin cuidarse de aprender ciencias sólidas. Pero sobre todo se
reconocerá el valor de la crítica, si se tiene en cuenta
la inapreciable ventaja de poner un término, para todo el porvenir,
a los ataques contra la moralidad y la religión, de un modo socrático,
es decir, por medio de la prueba clara de la ignorancia de los adversarios.
Pues alguna metafísica ha habido siempre en el mundo y habrá
de haber en adelante; pero con ella también surgirá una
dialéctica de la razón pura, pues es natural a ésta.
Es pues el primer y más importante asunto de la filosofía,
quitarle todo influjo perjudicial, de una vez para siempre, cegando
la fuente de los errores.
Tras esta variación importante en el campo de las ciencias y
la pérdida que de sus posesiones, hasta aquí imaginadas,
tiene que soportar la razón especulativa, todo lo que toca al
interés universal humano y a la utilidad que el mundo ha sacado
hasta hoy de las enseñanzas de la razón pura, sigue en
el mismo provechoso estado en que estuvo siempre. La pérdida
alcanza sólo al monopolio de las escuelas, pero de ningún
modo al interés de los hombres. Yo pregunto al dogmático
más inflexible si la prueba de la duración de nuestra
alma después de la muerte, por la simplicidad de la sustancia;
si la de la libertad de la voluntad contra el mecanismo universal, por
las sutiles, bien que impotentes distinciones entre necesidad práctica
subjetiva y objetiva; si la de la existencia de Dios por el concepto
de un ente realísimo (de la contingencia de lo mudable y de la
necesidad de un primer motor) han llegado jamás al público,
después de salir de las escuelas y han tenido la menor influencia
en la convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido, ni
puede tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el entendimiento
ordinario del hombre para tan sutil especulación; si, en cambio,
en lo que se refiere al alma, la disposición que todo hombre
nota en su naturaleza, de no poder nunca satisfacerse con lo temporal
(como insuficiente para las disposiciones de todo su destino) ha tenido
por sí sola que dar nacimiento a la esperanza de una vida futura;
si en lo que se refiere a la libertad, la mera presentación clara
de los deberes, en oposición a las pretensiones todas de las
inclinaciones, ha tenido por sí sola que producir la conciencia
de la libertad; si, finalmente en lo que a Dios se refiere, la magnífica
ordenación, la belleza y providencia que brillan por toda la
Naturaleza ha tenido, por sí sola, que producir la fe en un sabio
y grande creador del mundo, convicción que se extiende en el
público en cuanto descansa en fundamentos racionales; entonces
estas posesiones no sólo siguen sin ser estorbadas, sino que
ganan más bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde
ahora, a no preciarse de tener, en un punto que toca al interés
universal humano, un conocimiento más elevado y amplio que el
que la gran masa (para nosotros dignísima de respeto) puede alcanzar
tan fácilmente, y a limitarse por tanto a cultivar tan sólo
esas pruebas universalmente comprensibles y suficientes en el punto
de consideración moral. La variación se refiere, pues,
solamente a las arrogantes pretensiones de las escuelas, que desean
en esto (como hacen con razón en otras muchas cosas) se las tenga
por únicas conocedoras y guardadoras de semejantes verdades,
de las cuales sólo comunican al público el uso, y guardan
para sí la clave (quod mecum nescit, solus vult scire videri).
Sin embargo, se ha tenido en cuenta aquí una equitativa pretensión
del filósofo especulativo.
Éste sigue siempre siendo el exclusivo depositario de una ciencia,
útil al público que la ignora, a saber, la crítica
de la razón, que no puede nunca hacerse popular. Pero tampoco
necesita serlo; porque, así como el pueblo no puede dar entrada
en su cabeza como verdades útiles, a los bien tejidos argumentos,
de igual modo nunca llegan a su sentido las objeciones contra ellos,
no menos sutiles. En cambio, como la escuela y asimismo todo hombre
que se eleve a la especulación, cae inevitablemente en argumentos
y réplicas, está aquella crítica obligada a prevenir
de una vez para siempre, por medio de una investigación fundamentada
de los derechos de la razón especulativa, el escándalo
que tarde o temprano ha de sentir el pueblo, por las discusiones en
que los metafísicos (y, como tales, también, al fin, los
sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente y que
falsean después sus mismas doctrinas. Sólo por medio de
esta crítica pueden cortarse de raíz el materialismo,
el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los librepensadores,
el misticismo y la superstición, que pueden ser universalmente
dañinos; finalmente también el idealismo y el escepticismo,
que son peligros más para las escuelas y que no pueden fácilmente
llegar al público. Si los gobiernos encuentran oportuno el ocuparse
de los negocios de los sabios, lo más conforme a su solícita
presidencia sería, para las ciencias como para los hombres, favorecer
la libertad de una crítica semejante, única que puede
dar a las construcciones de la razón un suelo firme, que sostener
el ridículo despotismo de las escuelas que levantan una gran
gritería sobre los peligros públicos, cuando se rasgan
sus telarañas, que el público sin embargo, jamás
ha conocido y cuya pérdida por lo tanto no puede nunca sentir.