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(2) No es fácil para el analista luchar contra el obstáculo
del sentimiento inconciente de culpa. De manera directa no se puede hacer
nada; e indirectamente, nada más que poner poco a poco en descubierto
sus fundamentos reprimidos inconcientemente, con lo cual va mudándose
en un sentimiento conciente de culpa. Una particular chance de influir sobre
él se tiene cuando ese sentimiento ice de culpa es prestado, vale
decir, el resultado de la identificación con otra persona que antaño
fue objeto de una investidura erótica. Esa asunción del sentimiento
de culpa es a menudo el único resto, difícil de reconocer,
del vínculo amoroso resignado. Es inequívoca la semejanza
que esto presenta con el proceso de la melancolía. Si se logra descubrir
tras el sentimiento ice de culpa esa antigua investidura de objeto, la tarea
terapéutica suele solucionarse brillantemente; de lo contrario, el
desenlace de la terapia en modo alguno es seguro. Depende primariamente
de la intensidad del sentimiento de culpa; muchas veces la terapia no puede
oponerle una fuerza contraria de igual orden de magnitud. Quizá también
dependa de que la persona del analista se preste a que el enfermo la ponga
en el lugar de su ideal del yo, lo que trae consigo la tentación
de desempeñar frente al enfermo el papel de profeta, salvador de
almas, redentor. Puesto que las reglas del análisis desechan de manera
terminante semejante uso de la personalidad médica, es honesto admitir
que aquí tropezamos con una nueva barrera para el efecto del análisis,
que no está destinado a imposibilitar las reacciones patológicas,
sino a procurar al yo del enfermo la libertad de decidir en un sentido o
en otro. - [Freud volvió sobre este tema en «El problema económico
del masoquismo» (1924c), donde examinó el distingo entre el
sentimiento inconciente de culpa y el masoquismo moral. Véanse también
los capítulos VII y VIII de El malestar en la cultura (1930a).
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