El último viaje
de Augusto Comte
4. 3. 2. 1 y ¡Plaf! ya está en órbita, rumbo a Ganimedes,
un nuevo mundo habitado por seres de una inteligencia extraordinaria,
poseedores de todos aquellos secretos que los hombres no habían
logrado arrebatarle a la Tierra en miles de años, ni aun torturándola.
4. 3. 2. 1 y ¡Plaf! Ahí va Comte. El mismo Augusto Comte
que 313 años antes alumbrara como un Prometeo nuestros torpes pasos,
disipando las sombras de la ignorancia y la sinrazón. 313 años
durante los cuales su luz ha guiado nuestro destino y enaltecido nuestra
razón. Y ahora, rehabilitado su cuerpo y arrebatado su espíritu
de ese sueño sin imágenes que sólo los crédulos
se atreverían a llamar muerte, convenimos en aprovechar esa preclara
mente, tan afanosamente consagrada a la ciencia para provecho de la humanidad.
Quién mejor que él realizará la misión de
traer al mundo su definitivo progreso. Asiente Comte, con la condescendencia
propia del que ya cató las mieles del honor y de la fama, sentimientos
éstos poco deletéreos que pueden rastrearse aún en
su mirada y en la forma en que escucha imperturbable las últimas
recomendaciones y detalles de boca del señor Spot, dirigente de
la operación. Y ya sentado, esperando la cuenta atrás, rebosante
de dicha, tan sólo el recuerdo de su bufanda extraviada logra inquietarle.
- Lástima ser tan friolero.
4. 3. 2. 1. La nave acelera y la tierra se achica como una vergüenza.
Cruza la atmósfera, atraviesa el espacio, rodea Marte para proseguir
inmediatamente hacia Júpiter, una de cuyas lunas, Ganimedes, se
abre como una promesa. Pero en mitad del trayecto, si es que puede haber
recorrido que no haya sido transitado antes, ¡Qué raro! se
divisa una nave similar a la suya. Se abalanza Comte hacia el cristal,
apretando su narizota para ver mejor, imaginando ya el rostro de escamas
y el ojo ciclópeo. Mas- ¡Caramba! ¡Qué coincidencia!
-. Vagamente familiar le resulta su apariencia.- juraría que era
muy humano.
Perplejo y levemente decepcionado sigue Comte con sorpresa ese rastro
de luz, que se pierde en la nada.
-A buen seguro este hombre ha perdido el rumbo reflexiona- pues
es positivamente cierto que el progreso se halla ahí delante.
Casi le entra la risa cuando se divisa ya Júpiter. Un poco más
y en medio de la noche Gamínedes abre su luminoso ojo. Se acerca
la nave, decelera progresivamente, orbita dos o tres veces y ¡Plaf!
aterriza sin hacer el menor ruido.
Comte abre la puerta y descorre su curiosidad; se desliza fuera, mas nada
extraordinario cruza su retina. Operarios vestidos con mono azul y portando
toda clase de artilugios trabajan rutinariamente. El señor Spot
le recibe cordialmente. En la mano lleva su extraviada bufanda.
- Cuéntenos, señor Comte. ¿Cómo es el nuevo
mundo? Estamos impacientes.
A lo lejos, un rótulo luminoso parpadea: ¡Bienvenido a Ganimedes!.
Relato de Elena Diez de la Cortina Montemayor.